Las mujeres mareras de Centroamérica: víctimas de la desigualdad y victimarias
La desigualdad estructural y la inestabilidad de los países del Triángulo Norte son fundamentales para entender el control de las maras en la región. No obstante, las mujeres viven una doble discriminación en la que se unen la exclusión social y la violencia patriarcal, llevando en muchos casos a su ingreso en las maras por una búsqueda de protección.

Eva Mora Gálvez
Eva Mora Gálvez, politóloga especializada en política internacional
Yolanda Trullos Perez de Arrilucea, politóloga especializada en política internacional
En numerosas ocasiones el Triángulo Norte de Centroamérica (región formada por Guatemala, Honduras y El Salvador) es considerado una de las regiones más peligrosas del mundo dado sus altas tasas de violencia y criminalidad. Cuando se habla de estos datos se hace una vinculación causal directa con grupos de crimen organizado como las denominadas “maras”. A menudo se habla de su violencia y peligrosidad pero no se profundiza en la desigualdad estructural de diversa índole que sufre la población; factor primordial para entender la inserción de los más vulnerables en estos grupos y la fuerza de los mismos. Sin embargo, hablar solo de la desigualdad económica y social de la población es limitar el estudio sobre el rol de las mujeres en las maras, ya que existe un sistema igual de dominante y represivo que a menudo es ignorado: el patriarcado, y es por este mismo que las motivaciones, las pruebas de iniciación, los roles y dicho de manera global, la experiencia de las mujeres en estos grupos es significativamente diferente a la de los hombres.
Las maras como ejemplo de Crimen Organizado
Las maras son grupos de crimen organizado transnacional y las principales pandillas criminales en el Triángulo Norte de Centroamérica, región formada por Guatemala, Honduras y El Salvador. Estas redes de maras centroamericanas tienen su origen en dos pandillas formadas en los Ángeles: Mara Salvatrucha y Mara 18. El hecho de que fueran creadas en otro territorio, subraya Gara Báez García, periodista y analista especialista en geopolítica, hace que puedan considerarse transnacionales.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de grupos de “Crimen Organizado”? La Convención contra el Crimen Organizado Transnacional de Naciones Unidas lo define como un grupo estructurado de tres o más personas que se unen para conseguir un beneficio de orden material. Por ende, según esta definición podemos considerar a las maras como grupos de crimen organizado ya que son redes formadas por mucha gente (muchos menores de edad), que han operado desde hace décadas y cuyas actividades principales son delitos como el contrabando de armamento, el tráfico de drogas y el de personas.
El Triángulo Norte: punto de encuentro del crimen organizado
Las razones por las cuales grupos criminales eligen la región para operar se debe a la ubicación geográfica de los países y la debilidad de sus sistemas institucionales, ya que tienen una larga línea costera y puntos ciegos que posibilitan el narcotráfico unido a la cercanía de estos países con México y Estados Unidos. La inestabilidad del Triángulo Norte facilita que se desarrollen y continúen controlando el territorio. La presencia del crimen organizado en la región ha aumentado los problemas existentes, ya que la corrupción política e inseguridad ocasionada por los grupos criminales han exacerbado la pobreza, el desempleo y la violencia de género. En el caso de la corrupción política existe una vinculación entre los partidos políticos, los círculos empresariales y las organizaciones criminales con la financiación de partidos a cambio de favores como una manera de influir en los procesos políticos desde la guerra civil.
La desigualdad entre la población del Triángulo Norte ha favorecido que las maras se desarrollen. Por poner varios ejemplos, el índice de Gini en Guatemala en 2014 era de 48.3, en Honduras de 48.2 en 2019 y en El Salvador de 38.8 en 2019. El índice de Gini mide la desigualdad en unos parámetros de 0 a 1, por lo que cuanto mayor es el valor, mayor es la desigualdad de los ingresos en la población. A su vez, la inestabilidad del Triángulo Norte facilita que continúen controlando el territorio.
La estructura organizativa de las Maras es jerárquica y está dirigida desde las cárceles
Las Maras Salvatrucha y 18 son muy diferentes a las bandas tradicionales. Los niveles organizativos son más importantes, las reglas internas son más estrictas y violentas y cuentan con armamento más avanzado, venden sustancias ilegales y cometen robos a gran escala, rompiendo con el modelo de robo solo para la subsistencia, como caracterizaba a las pandillas tradicionales. Sin embargo, mantienen el sentido de pertenencia a la Mara y los códigos de lealtad. De hecho, es muy común entre los mareros los tatuajes identificativos del grupo. Específicamente, en lo relativo a la estructura y organización de la Mara Salvatrucha 13 existen 354 grupos conocidos como “ciclas” que forman parte de la MS13. No son subgrupos, sino pandillas separadas adscritas a la Mara. La estructura es jerárquica, puesto que define claramente el liderazgo y los roles, proporciona un conjunto de reglas que relacionan las clicas con la organización en su conjunto. En lo que respecta a la distribución territorial y las relaciones con la sociedad y el Estado, así como con el uso de fondos, la actividad delictiva y el proceso de incorporación en la MS13 por parte de nuevos miembros. En muchos casos, este dinero se utiliza para comprar armas, drogas, abogados, médicos y donaciones a familiares de los mareros.
Las clicas de la Mara Salvatrucha 13 son entidades autónomas y territoriales que actúan de forma independiente, con una organización propia, pero vinculadas a la identidad de la Mara, por lo que existen normas comunes a todas las clicas. La organización interna de la MS13 se divide en programas, que son conjuntos de grupos definidos por territorio al que pertenecen, ejerciendo autoridad sobre ellas las ranflas. Por encima de las ranflas está la Ranfla Nacional. Los miembros de la Ranfla Nacional son los los líderes más poderosos dentro de su clica, con más control territorial e ingresos, sirviendo para gestionar apoyos, resolver posibles conflictos entre grupos y sus miembros, aspectos territoriales entre las clicas y la gestión del dinero que proporciona las actividades ilícitas de las clicas.
Asimismo, encontramos que a nivel de implementación de las políticas, durante los periodos marcados por políticas represivas, las pandillas se han redefinido aumentando la cohesión interna, fortaleciendo su organización y reposicionando a los líderes políticos con un liderazgo más fuerte. El encarcelamiento de gran parte de mareros obligó a repensar el funcionamiento de las maras de forma que los nuevos líderes planean los delitos desde la cárcel, mientras que los mareros que siguen en libertad toman las órdenes y las ejecutan.
La exclusión social y el sentido de pertenencia al grupo han facilitado el acceso de jóvenes a la Mara
El proceso de ingreso a la Mara es violento y supone su fidelización de por vida, por lo que la deserción es sancionada con la muerte. Aunque los mareros consigan salirse de la organización, los tatuajes que tienen como signo distintivo hacen prácticamente imposible que puedan tener una vida social corriente y acceder a trabajos remunerados.
Los jóvenes que se unen a las maras lo hacen por motivos como la discriminación, el racismo, la desigualdad estructural y la imposibilidad de encontrar un sentido de identidad y propósito en su entorno social. El desarrollo de las maras está relacionado con la exclusión social, la violencia política, la precariedad y las drogas. La mayoría de los pandilleros provienen de entornos marginados, teniendo mayor probabilidad de que se formen pandillas en áreas desfavorecidas. Asimismo, las pandillas han llenado un vacío en sociedades con altos niveles de desigualdad y muy pocos recursos, convirtiéndose en uno de los empleadores primordiales de adolescentes sin oportunidades.
La mara otorga protección contra las fuerzas de seguridad y la inseguridad proveniente del barrio. Además, la configuración de identidades dentro de la mara, brinda sentido de pertenencia y validación a los jóvenes que se incorporan a sus filas. La mara se convierte en una familia sustituta para sus miembros, sobre todo debido a que la mayoría de jóvenes provienen de familias desestructuradas. La pertenencia a la organización, por tanto, no se centra solo en términos económicos, sino que los hace visibles ante un sistema que los margina y excluye constantemente. En sociedades marcadas por la exclusión, las maras se han fortalecido y han aumentado el número de miembros en poco tiempo.
Las mujeres mareras: violentas y violentadas
Como sucede en toda estructura social, los roles de género también están presentes en las maras. Un informe llevado a cabo por Interpeace analiza de manera exhaustiva el rol de las mismas en estos grupos y el doble rol que llevan a cabo como “violentas” y “violentadas”.
No se debe olvidar que la estructura jerárquica de las maras es totalmente vertical y además de ello, la violencia y el control son pilares fundamentales de la organización de las mismas. Teniendo en cuenta esto, ¿por qué las mujeres ingresan en estos grupos? Además de los factores económicos, sociales o personales que pueden motivar a todas las personas (sean estas mujeres, hombres, niños o niñas) a ingresar en estos grupos como el maltrato infantil, la desigualdad social o el crecimiento en un entorno violento, las mujeres mareras entrevistadas en la investigación previamente mencionada, hablaban de factores como la búsqueda de protección, afecto y dinero, la necesidad de pertenecer a un grupo o de ser reconocidas. En el caso de muchas niñas y adolescentes que han sufrido violencia machista por parte de sus padres en sus propias casas, acaban siendo parte de estos grupos tras comenzar relaciones de pareja con miembros de los mismos. En otras palabras, buscan la protección que en sus casas no les ha sido otorgada.
Tres vías de acceso: paliza, violación grupal o ser “jaina”.
Los ritos de iniciación y requerimientos mínimos de acceso son muy duros siempre, pero en el caso de las mujeres la dificultad incrementa, ya que al ser consideradas por naturaleza débiles, algo que no casa con los principios y necesidades de las maras, deben demostrar más. Para evidenciar su valía y su lealtad a la hora de ingresar en el grupo, las mujeres deben elegir, subraya Interpeace, entre ser víctimas de una paliza o de una violación grupal (denominada “trencito”) por miembros hombres del propio grupo. En muchas ocasiones, las mujeres deciden adentrarse en las maras mediante una tercera vía: las relaciones sentimentales con mareros. Aunque esta posición de “novia de” (jaina) les otorga cierto prestigio dentro del grupo, el de los hombres líderes siempre es mayor. Cabe resaltar que los diferentes tipos de violencia no se dan sólo como parte del rito de iniciación: son prácticas que se dan de manera continuada como forma de reafirmar la estructura patriarcal de la organización.
Las mujeres mareras como agentes activos dentro de la organización.
Si bien es cierto que las mujeres mareras son víctimas de un contexto patriarcal y de desigualdad que incentiva su ingreso en esos grupos, (factor que debe tenerse) siempre en cuenta, realizar un análisis que solo visibilice su papel de víctimas o de novias sería incompleto y victimizante. Las mujeres son también agentes activos de estos grupos, aunque bien es cierta la existencia de un “techo de cristal” que limita el acceso al poder.
La participación y el rol de las mujeres en las maras ha ido evolucionando con el tiempo, aunque los roles tradicionales que han cumplido han sido los que un sistema patriarcal espera de ellas: cuidar, alimentar y ser fiel a sus parejas. Sin embargo, subraya Interpeace, eso no las exime de participar en ciertas actividades delictivas (o “misiones” como ellos mismos las denominan), tales como el cobro de extorsiones, asaltos a repartidores de productos, el traspaso de mensajes e información, seguimiento de víctimas para futuros secuestros o hacer el papel de “mulas”, es decir, transportar drogas o armamentística. Las mujeres son encomendadas en estas misiones por el hecho de que bajo el imaginario colectivo, son indefensas y no suelen ser miembros de entidades criminales, y por ello, su capacidad de pasar desapercibidas es mayor.
Se puede observar que las mujeres también delinquen pero sin nunca renunciar a su rol tradicional (aquel perteneciente a la esfera privada). Es por ello que las mujeres mareras tienen una tarea doble, sin embargo, su recompensa no es el doble de la de los hombres. Además de ello, cuando las mujeres violan la ley o se encuentran en conflicto con la misma, como es el caso de las mareras, estas se encuentran doblemente condenadas, ya que además de convertirse en personas que violan la ley, se convierten en mujeres que no cumplen con la expectativa moral que un sistema patriarcal espera de ellas.
Las maras son un arma de doble filo
Las maras se han asentado en países en los que no solo la ubicación geográfica es propicia para su desarrollo como grupos criminales, sino también en los que los índices de desigualdad y exclusión favorecen el engrosamiento de sus filas por parte de los jóvenes. Las maras otorgan sentido de pertenencia al grupo y protección que las hacen ver como opciones factibles ante menores que provienen de familias desestructuradas, barrios violentos o una alta precarización. Así, terminan siendo una alternativa económica, un reemplazo familiar y la forma de hacerse “visibles” de muchos jóvenes. En el caso de las mujeres es incluso mayor esta necesidad de ingreso al entrar como mareras por la violencia de género ejercida por parte de su entorno familiar. Sin embargo, es un arma de doble filo, puesto que la incorporación al grupo conlleva violaciones grupales y maltrato a cambio de una supuesta “protección”. No podemos olvidar que desde un sistema capitalista y patriarcal las mujeres viven una doble violencia que está condicionada por ser jóvenes sin recursos y mujeres. Al final, las mujeres mareras acaban siendo a su vez víctimas, pero también victimarias.



